Napoleón en Chamartín
Napoleón en Chamartín me ha dejado con sentimientos encontrados. Me encontré con un primer tercio que parece casi un borrador, donde el aporte histórico es escaso y la evolución de Gabriel se estanca, dejándome un mal sabor de boca inicial. Sin embargo, Galdós logra redimirse en el segundo tercio y consigue un final que incrementa el nivel de la novela.
Entre noviembre y diciembre de 1808, y tras la humillante derrota francesa en Bailén, Napoleón entra en España con todo lo que tiene decidido a someter al país rebelde. A excepción de Zaragoza y Valencia, ha arrasado por donde ha pasado. Madrid, por su parte, no parece estar en condiciones de resistir: tiene un ejército de voluntarios inexpertos y escasez de munición.
Galdós dedica mucho espacio a retratar las conversaciones del pueblo, ese poner en boca de la gente el termómetro social que tan bien maneja. Mientras tanto, vemos a un Gabriel errante: primero intenta contactar con Inés y, poco después, reniega de ella. Al verla integrada en la clase alta, Gabriel se da por vencido y asume que merece a alguien de su misma posición y promete salir de Madrid para no interponerse. Pero con Napoleón a las puertas de Chamartín, Gabriel se ve envuelto en las protestas contra una Junta de gobierno sospechosa de traición y en la defensa desesperada de una ciudad que acabará capitulando, Napoleón a los mandos y devolviendo el trono a José Bonaparte.
En el primer tercio, Galdós se extiende, a mi gusto, demasiado, en las idas y venidas de Diego de Rumblar, el prometido de Inés, y en los chismes de los bajos fondos madrileños. Tuve la sensación de estar leyendo páginas de relleno, especialmente en ese largo capítulo donde Amaranta y dos frailes se reparten libros haciendo mofa de sus títulos; con un par de ejemplos habría bastado para entender el punto.
A destacar cómo se exponen los famosos Decretos de Chamartín, con los que abolió la Inquisición, el feudalismo y redujo el número de conventos, que no fueron bien recibidos por los frailes con los que se encontraba escondido Gabriel en ese momento.
Sin embargo, la novela despega en el segundo tercio. Galdós como sólo él sabe el hartazgo y la ira del pueblo madrileño hacia sus mandatarios, a quienes acusan de traidores. El episodio de las "balas de arena" (munición inservible que realmente existió en el imaginario popular de la época) es un punto de inflexión excelente.
El final, donde Gabriel intenta rescatar a Inés del plan de Santorcaz y de los Rumblar para secuestrarla, con la figura casi mítica de Napoleón moviéndose al fondo, es la mejor parte. Galdós escribe unas escenas propias de novela de aventuras que son de lo mejor del libro.
Lo más destacable a nivel de personaje es la transformación de Gabriel. Ha dejado de ser el pillo inocente de los dos primeros episodios, para convertirse en un hombre hecho y derecho. Es capaz de dar discursos dignos de la alta alcurnia y posee una madurez para ver la realidad, tanto en el caso de la guerra como en los designios del amor.
Pese a sus aciertos, no puedo evitar sentir que este episodio funciona como un puente, un poco de relleno para situar las piezas antes del siguiente episodio, que por el nombre, Zaragoza, asumo que tendrá mucho más jugo.