La casa de las bellas durmientes
Después de Lo bello y lo triste me apetecía seguir leyendo a Kawabata; quería ahondar un poco más en su capacidad para transmitir lo que pasa a través de sus personajes y cómo estos se transforman. Solo con leer la sinopsis de La casa de las bellas durmientes se intuye que la obra no te va a dejar indiferente: un señor en la sesentena visita un establecimiento donde hombres mayores pasan la noche con chicas jóvenes narcotizadas, con la única regla de no hacerles ningún tipo de daño. Una premisa innegablemente machista e incómoda desde el principio. Sin embargo, Kawabata se centra en escribir cómo la cercanía de la juventud transforma la mente de un hombre lejos de sus años mozos.
El olor, la apariencia y el calor de las jóvenes traen de vuelta los recuerdos de su juventud, haciéndole sentir vivo de nuevo. Al inicio, el protagonista intenta marcar distancias convenciéndose de que no está tan anciano como los demás clientes que van allí a olvidar su senectud; pero, a medida que avanza la historia, gestos tan sencillos como entrelazar las manos transforman lo que, a simple vista, parece fascinación erótica en una profunda melancolía por el tiempo pasado. La juventud de las muchachas no solo despierta sus sentimientos más primarios, sino que lo confronta con el peso del tiempo y lo lleva a cuestionarse si a su propia vida le queda algún sentido. Si al no tener lo que él asocia con virilidad su vida es merecedora de seguir siendo vivida. También hay una doble moral donde el hombre rememora como ha reprimido acciones cuestionables de los hombre que han pasado por la vida de sus hijas, pero ahí está él, haciendo algo que, al ojo de cualquier persona, es despreciable.
Es una lectura compleja. Resulta inevitable sentir cierta repulsión ante la situación planteada, especialmente leída desde la perspectiva europea actual, y aunque la maestría de Kawabata logra que en ocasiones empatices con la vulnerabilidad y el miedo a la vejez del anciano, la incomodidad estuvo siempre ahí. La casa de las bellas durmientes confronta al lector, no sólo con el planteamiento, ya de por sí bizarro, sino por su mínima acción. Toda acción pasa en una habitación, lo expuesto es un sentir de una persona que se mueve entre un rango de sentimientos desde la vergüenza, al goce erótico, para acabar en la impotencia y la melancolía.
Por último, la prosa de Kawabata es delicada y precisa. Es un placer leerle.