Lo bello y lo triste
Hasta hoy he leído cerca de una decena de obras de literatura japonesa y creo que Lo bello y lo triste es la novela con el estilo más refinado y particular de esa lista. La historia escarba en la memoria, el deseo y la cara más melancólica de la hermosura, envuelta en una atmósfera enrarecida por las brechas de edad y ciertos pasajes turbios.
Un escritor de mediana edad vive obsesionado con el romance que tuvo en su juventud con una muchacha adolescente. Le marcó tanto que plasmó la relación en una novela, idealizando a la joven, que lo encumbró a la fama. Muchos años después, ella se ha convertido en una artista de renombre y no se han vuelto a ver. Él decide viajar a Kioto para pasar el Año Nuevo con el pretexto de sumergirse en sus recuerdos y escuchar las campanas de año nuevo, pero no deja de pensar en la esperanza de reencontrarla. Al acordar un encuentro, ella aparece con su joven aprendiz y, aparentemente amante, lo que desencadena la reaparición de aquel antiguo deseo, esta vez influenciado por terceras personas. Este es el argumento de la trama, que es solo la superficie de la novela: lo verdaderamente significativo ocurre en la metamorfosis emocional de los protagonistas.
Kawabata moldea personajes con entidad propia, alejados de arquetipos, cuyas formas singulares de habitar el mundo hacen que la trama resulte imprevisible hasta para ellos mismos. El autor dedica páginas enteras a desentrañar el torrente emocional de cada figura, un cauce que descarrila con cada nuevo suceso, reinterpretación del pasado o de las intenciones de cualquier otro personaje.
Hay un sentir que sobresale por encima del resto y es que los personajes mayores, el escritor y la artista, rememoran la belleza del tiempo pasado con una brillantez extrema. Sin embargo, esta belleza seductora exige un peaje, que no es otro que el profundo pesar que provoca haberla experimentado. Esta tristeza se manifiesta de diferentes formas: ya sea como melancolía por lo que se tuvo y se perdió, como el dolor sufrido a causa de lo que sucedió en aquella relación, o simplemente como la pesadumbre ante el paso del tiempo y su inevitable consecuencia, la vejez.
El contrapunto a este sentir reposado por el paso del tiempo es la impulsividad y la falta de reflexión de Keiko. La joven aprendiz quiere a su mentora solo para ella, por lo que percibe al escritor como una amenaza y como el origen del sufrimiento de la artista. Al moverse únicamente entre extremos, su reacción es la venganza: busca hacer sufrir al hombre para, de algún modo, restaurar el honor de la mujer que le ha dado todo. Keiko es la otra cara de la moneda, transita del amor al odio y de la pasión a la repulsión en cuestión de instantes.
Por todo esto, vuelvo a mencionar que la trama no es lo más importante de la novela, algo que se refleja en un final que no es para nada cerrado. Como en la vida misma, aquí no hay conclusión ni moraleja; solo una serie de sentimientos y anhelos que vienen y van para después, quizás en unos días, quizás en años, volver a hacerse presentes.