El elogio de la sombra
En Elogio de la sombra, Junichirō Tanizaki desarrolla la diferencia estética que ha existido siempre entre Oriente y Occidente. Mientras que la tradición occidental alumbra la belleza a través de la luz directa, lo brillante y la exposición total, la tradición japonesa encuentra lo bello en la penumbra, lo sutil y el sabio arte de ocultar para resaltar lo importante.
El ensayo parte de una experiencia cotidiana propia: la reforma de una casa tradicional japonesa. Intentando integrar comodidades modernas, como la luz eléctrica o los baños con azulejos y un váter de porcelana blanca, sin destruir el espíritu del espacio, Tanizaki empieza a analizar la arquitectura tradicional y cómo se contrapone a los avances que vienen de Occidente. Así empieza a describir elementos domésticos que han formado parte desde siempre de la tradición japonesa como los shōji (paneles de madera y papel que filtran la claridad exterior) y el tokonoma (altares con pinturas que se rodean de sombra en el salón), demostrando cómo el hogar japonés no busca reflejar el brillo, sino acoger y jugar con la sombra.
Poco a poco, el autor extiende esta filosofía mucho más allá de la arquitectura. La sombra es parte de toda la vida tradicional: desde la gastronomía, donde se usan utensilios de vajilla lacada y se iluminan las cenas con velas, pasando por las marionetas y las vestimentas en el teatro, hasta llegar a la indumentaria y el maquillaje femenino, donde las mujeres se escondían en un traje negro que resaltaba únicamente su cara. Frente a la fascinación occidental por lo reluciente y lo desinfectado, Tanizaki contrapone el valor de la pátina, el desgaste y las huellas que el tiempo deja sobre los objetos.
Me gustó especialmente el pasaje donde comenta que los orientales, y especialmente los japoneses, han ido incluyendo objetos creados por Occidente en su día a día, pero que si estos objetos fueran de creación oriental, funcionarían de manera muy distinta. Menciona el bolígrafo, ya que la escritura oriental está más diseñada para un pincel, o la radio, que está orientada a no parar de emitir sonidos, cuando en las historias orientales el silencio es incluso más importante.
Para cerrar, Tanizaki deja claro que la obra no es un rechazo ciego al progreso, sino un texto melancólico, una manera de recordar y de no olvidar que, al empeñarnos en iluminar cada rincón del mundo moderno, hemos sacrificado la riqueza de los matices. Y para los occidentales es una manera perfecta de empezar a entender que en Oriente tienen otras maneras de concebir la realidad que a nuestra comprensión, quizá demasiado iluminada, a veces puede costarle entender.