El expreso de Tokio
Siguiendo con mi aventura por la literatura japonesa, llegué a El expreso de Tokio, una novela de detectives al más puro estilo Hercule Poirot. La historia arranca con dos cadáveres en una playa de Kyūshū, un escenario que a simple vista parece un suicidio doble por amor. Sin embargo, bajo esa fachada de caso fácil, los inspectores Mihara y Tsubouchi empiezan a atar cabos sin más base que su instinto, cambiando la dirección de la investigación por completo.
La novela tiene una clara inspiración en la narrativa de Agatha Christie, principalmente en la minuciosidad de los detalles, en la atención a sucesos imperceptibles para el ojo común y en la forma de llevar al lector hacia el desenlace. Matsumoto coge esa estructura del enigma occidental y la llena de elementos del Japón tras la Segunda Guerra Mundial: la corrupción ministerial se convierte en el motor del caso y la estricta puntualidad de los trenes pasa a ser la herramienta clave para encajar el crimen.
La historia mantiene el interés, incluso cuando coloca señales desde el inicio para sospechar del culpable, aunque sin ofrecer un camino claro para confirmar su autoría hasta el final. Sin embargo, a mi juicio, el libro flojea en su desarrollo. Existe una tendencia a sobreexplicar las mismas ideas y los mismos esquemas una y otra vez, lo que ralentiza el avance. Además, el mayor problema de ritmo está en cómo avanza la investigación en tramos críticos: en lugar de mostrar la acción sobre el terreno y dejar que el lector interprete los hechos, la trama da un salto gigante a través de dos cartas que se intercambian los detectives, entregando el caso resuelto de forma excesivamente masticada.
Con todo y con eso, la novela cumple su cometido como una lectura ligera y como un ingenioso puzzle detectivesco que destaca más por su precisión milimétrica que por el ritmo de la acción.