Sopa de Miso
Sopa de miso arranca fuerte, no se podía esperar otra cosa de Ryū Murakami, pero la narración va perdiendo mi interés cuando se enfoca más en la historia de Frank y Kenji y menos en Tokio y la civilización japonesa.
Murakami nos muestra un Japón alejado de la admiración fácil de Occidente: un Tokio más oscuro, sucio y visceral. La novela funciona muy bien al principio como una exposición de la trastienda de la sociedad japonesa, en apariencia hipercivilizada, recta y políticamente correcta, pero que en realidad esconde barrios enteros dedicados al autoservicio de todo tipo de prácticas sexuales. Me pareció un punto de partida muy interesante para criticar un sistema profundamente hipócrita y machista, con el acierto de que esta crítica se mantiene de fondo y sin estar sobreexpuesta.
Sin embargo, a medida que la trama se desarrolla, el libro empieza a desinflarse. El personaje de Frank funciona bien como el vehículo para enseñarnos las costuras de ese entorno, pero su trama me pareció poco verosímil y no terminó de interesarme en absoluto. Además, la novela cae en un contraste molesto: mientras la crítica social es sutil, el texto tiende a explicar demasiado cada acción o evento que le ocurre a Frank, como si temiera que al lector se le pudiera pasar algo por alto; aunque admito que esto puede ser un problema de la traducción que elegí.
Ryū Murakami no es un autor para todo el mundo; su estilo es sórdido, crudo y directo, sin ocultar nada ni dar rodeos, incluso siento que aquí es ligeramente más suave que en otras novela como Azul casi transparente. Tiene un talento innegable para crear ambientes palpables y opresivos, pero tengo la sensación de que no tiene la misma capacidad para hilar las historias que coloca en estos ambientes.