Travesuras de la niña mala
La prosa de Vargas Llosa en esta novela está a un nivel que los defectos, que existen, pasan a un segundo plano. Es un contador de historias de los que hacen que te quedes despierto leyendo y es que hacía tiempo que no estaba tan enganchado a un libro.
La novela cuenta una historia de amor que en realidad no lo es, es una historia de una obsesión que dura toda la vida. Ricardo vive atrapado durante décadas en una relación enfermiza con una mujer que conoció en sus días de adolescencia en Perú: la niña mala. Esta mujer entra y sale de su vida a conveniencia, siempre cuando necesita algo de él. Aparentemente, no hay reciprocidad, no hay ternura real por su parte, ella solo explota la dependencia emocional de Ricardo, que es expuesto a humillaciones repetidas y a un patrón destructivo que marca su existencia. Ricardo se convierte en el "niño bueno" que siempre está disponible, esperando, perdonando, mientras ella lo usa y lo abandona una y otra vez. Es una dinámica incómoda de leer, sientes rencor por ella y piensas que él es un tonto por seguir cayendo en la trampa, pero absolutamente hipnótica, aunque sepas que el patrón se va a repetir, quieres saber qué pasa. La novela cuenta, en el fondo, cómo la obsesión puede disfrazarse de amor durante toda una vida.
Uno de los grandes aciertos de la novela es cómo funciona el telón de fondo histórico. Vargas Llosa coloca la vida de Ricardo con el movimiento pacifista de los años 60, la caída del movimiento hippy, el punk británico, el surgimiento del SIDA en los 80 y las revueltas comunistas en Latinoamérica con sus correspondientes dictaduras. Esta contextualización histórica enriquece la narración y hace que la novela tenga más fondo que la historia de Ricardo y la niña mala.
Ahora bien, la novela tiene sus problemas. Hay una mirada masculina sobre la mujer que atraviesa todo el texto. Tiene sentido narrativo, porque es una novela en primera persona narrada por un hombre de casi 60 años, pero algunas etapas chocan bastante leyéndolas en 2026. También hay un exceso de casualidades: los protagonistas se encuentran en París, Londres, Tokio y Madrid de forma demasiado conveniente. Y la relación de la niña mala con sus sugar daddies, especialmente con Fukuda, resulta en ocasiones algo extraña y difícil de creer. Pero, como ya he dicho, se perdona, ya que la capacidad narrativa de Vargas Llosa sostiene la novela y la convierte en una lectura absorbente.