La muerte en Venecia
Durante la lectura de La muerte en Venecia, he pasado por varias fases, desde la fascinación hasta casi el aburrimiento. Empezando por lo malo, Thomas Mann utiliza una escritura muy barroca, llena de descripciones, las cuales dirían que ocupan más de la mitad de lo escrito, donde hasta un barbero, mientras le corta el pelo al protagonista, da conversación de la forma más alambicada posible. Entiendo que es parte del encanto de la obra, pero personalmente, a ratos, me sacaba de la narración.
Por otro lado, me parece muy interesante como aborda el origen de la creación artística. Aschenbach es un respetado escritor germano que ha creado obras de importante calaje, pero justo en este viaje en Venecia su máxima inspiración es un niño rubio polaco. Nunca sabremos de donde viene la inspiración de las obras que más nos gustan, quizá el libro que menos te esperas está inspirado en un pasaje vital muy turbio que el autor ha sabido reconducir a un texto donde su pulsión, algo de lo que se siente culpable, está escondida, pero que fue la semilla del texto.
Y siguiendo con el tema de creación, Thomas Mann enfrenta las dos principales vías de trabajo artístico, el disciplinado que consiste en todos los días sentarse a trabajar pase lo que pase versus el inspirador, donde algo entrega al artista una fuerza sobrehumana para componer una obra que no podría hacerse de otra manera. Investigando un poco más, parece ser que la primera, la disciplinada, era la que estaba considerada correcta en el mundo germano, por lo que Thomas Mann estaba poniendo en duda parte de la cultura del pueblo del que tanto se sentía parte.